Deportes Social

No lo llamen más fútbol

OPINIÓN


Por Pablo Pozurama

Como todo lo bueno surgido de las clases populares, procesado y cooptado por las clases dominantes, reconvertido en un inmenso negocio, vaciado de inocencia y mecanizado al extremo, no podía más que dejar de existir tal cual fue, con todo aquello que lo hizo ser el deporte más lindo del mundo, más aún, como alguien dijo alguna vez, la cosa más importante de las cosas menos importantes.

De a poco, los millones en las cuentas fueron tiñendo todas las camisetas color dólar y las copas de champagne del bueno pasaron a ser más importantes que una Libertadores, la Copa del Mundo o ganar un clásico sobre la hora.

La gloria se vistió de fiesta para compartir con el nuevo status un mismo espacio. Sin embargo,  la emborracharon, la golpearon y la mataron. La invitación fue su propia sentencia de muerte, el negocio necesitaba su lugar.

Y de a poco nos fueron sacando condimentos y haciendo de ese manjar llamado fútbol, un plato cada vez más inerte servido a una mesa a la cual ya no tiene más sentido sentarse a comer.

La contradicción pasa en el interior de cada hincha, cada simpatizante porque el amor está, ese amor a tus colores, porque atrás de eso está tu historia, la de tu viejo,  tu mamá o quizá la de un tío que no conociste, pero te contaron que tenía tres trabajos y un sueldo lo ponía en el club de tus amores, porque así se hicieron los clubes, así se hizo el fútbol.

Un día nos robaron el amor a la camiseta, pero elegimos seguir teniendo intacta nuestra fe, porque de alguna manera es un poco de los que nos mantiene vivos.

Después nos robaron la confianza, la parcialidad y los poderosos de siempre nos cortaron las piernas a todos, una y mil veces, pero volvimos a elegir al fútbol por sobre todas las cosas.

Después nos robaron la cancha, la popular dejó de ser popular y el hincha pasó a ser contabilizado por Ibope. No duró mucho, también nos sacaron eso y nuevamente el vil metal pasó a ser el patrón de este negocio y alejarnos de la posibilidad de seguir a nuestro equipo, aunque sea a la distancia, sin importar clase social ni economía familiar que lo permita.

Pero el fútbol es tan generoso que igualmente nos seguía ofreciendo ese refugio donde podíamos ser felices por un rato, viviendo esa experiencia mágica del proceso químico que atraviesa un cuerpo ante un inminente grito de gol, o la bronca recalcitrante ante una injusticia propia de un deporte de interpretación por parte de los jueces. Aunque apareció nuevamente el negocio y el VAR aniquiló lo inesperado, lo absurdo, lo supremo de lo improvisado. Esperar para gritar un gol ya no tiene sentido.

Cuando parecía que ya nada más le podían sacar al fútbol, más que el amor a la camiseta, la cancha, la alegría, la fe y el grito de gol, fueron por más y le sacaron la pelota. Los partidos ahora no se ven con un balón rodando en el verde césped, ahora se juega sentado con lapiceras y papeles con fundamentos sin sentido entre abogados, empresarios, y gente que en su vida piso la canchita de la esquina de su casa un día de lluvia para ganarse la coca contra el clásico rival de la otra cuadra.

Que me vienen a hablar de fútbol, por favor no lo llamen más así, esto no es fútbol. El River-Boca (versión 2015 o versión 2018) no es más que la exhibición más burda, patética, triste y obscena de lo que le hicieron a nuestro fútbol.

Y no me vengan a hablar de la sociedad enferma para escudarse en sus propias miserias, porque esas piedras de hoy, el gas pimienta la otra vez, y podríamos enumerar millones de ejemplos, solo demuestran que el fútbol ya no les importa, que el fútbol nunca les importó.

Propongo que al deporte de Play Station que se juega en las ligas europeas o su versión sudamericana aplicada a los escritorios, además de las copias burdas de cada modelo en otras partes del mundo, ya no lo llamemos fútbol, no insultemos más a ese hermoso deporte.

El Fútbol quedará reservado solamente para los potreros, ligas barriales y en el recuerdo de tu familia, de la mía, de las emociones, de ese amor a tus colores que nunca te van a poder sacar, porque en definitiva nunca importó el resultado, solamente ser parte, el caminar por la calle y ver un “compatriota” con la misma camiseta de tu club y que te recorra una energía hermosa con ganas de saludarlo y darle un abrazo de gol.

Gracias fútbol por darnos algo tan lindo y tan puro, y perdón por ser espectadores de lujo de tu triste final. Te buscaremos en la trinchera de alguna canchita o en una liga de barrio en la que aunque estés herido siempre vas a poder sanar y seguir viviendo.

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